En Mayo de 2010 mi padre Pedro María Larrauri Aldámiz, que entonces tenía 79 años, fue invitado por el profesor Eduardo Galván, de la Universidad de las Palmas de Gran Canaria, a impartir una conferencia autobiográfica en un Máster sobre Emigración.
Sus hijos le ayudamos a re-ordenar sus recuerdos y los recogimos en este texto, que aparte de ser entrañable para la familia resulta apasionante como experiencia vital, y es muy interesante para conocer ese periodo y esas circunstancias de la Historia...
Mi padre dio aquella conferencia estando ya enfermo, y un año después falleció de cáncer. Todos los que le conocimos le admiramos y le seguimos queriendo mucho. Y es bueno compartir las cosas buenas...
Mis memorias de la guerra de Japón en Filipinas.
Buenas tardes. (Buenos días en Canarias).
Gracias por vuestro interés en conocer un capítulo original de mi vida. Espero que este relato os resulte ameno y os pueda ser útil.
Estas memorias me sitúan en un exótico país asiático situado a 13.000 Km. de distancia. ¿Qué hacía yo en esas islas tan lejanas? Allí me trajeron al mundo mis padres, y allí me pilló, cuando tenía 10 años, la Segunda Guerra Mundial. Sobre eso vamos a hablar.
Cuando en 1521 el navegante Magallanes descubrió aquellas islas quedó asombrado por su belleza tropical, dando al archipiélago el nombre que todavía hoy sigue teniendo, Filipinas, en honor de Felipe II. Durante los casi 4 siglos que duró el dominio español sobre Filipinas muchos vascos se sintieron atraídos por aquellas tierras, empezando por Legazpi, el fundador de Manila y de Cebú, que había sido Gobernador en México y acabó siéndolo de Filipinas desde 1565.
Filipinas se independizó de España en 1898, el mismo año que Cuba y Puerto Rico. La primera constitución de Filipinas fue redactada en español, idioma que se siguió considerando oficial. Cuando terminaron los duros altercados de la revolución, a los que hace referencia la famosa película “Los últimos de Filipinas”, muchos españoles se instalaron en aquel País, igual que lo hicieron en Cuba y en otras antiguas colonias. Y allí organizaron prósperos negocios. Sin embargo, a la independencia de España siguió una guerra entre Filipinos y Norteamericanos. Los Yanquis fueron los ganadores, e implantaron otro régimen colonial, pasando Filipinas a ser un Estado Asociado dependiente de los Estados Unidos, situación que duró hasta después de la Segunda Guerra Mundial.
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Mis padres con mis tres hermanas mayores, en 1929. |
Pero volvamos a Europa, donde hace casi un siglo mi padre, Lázaro Larrauri, que todavía no sabía que iba a ser mi padre, conoció en Ibarranguelua, el pueblo vizcaíno en el que vivía, situado a 10 Km de Guernica, a una joven filipina. Y poco tiempo después, en el año 1919, se casaron. Mi madre Mercedes era nativa de las islas Filipinas, pero se había venido a España siendo adolescente, apadrinada por un terrateniente vasco de una familia muy amiga de la nuestra, los Aldámiz... Mi padre, a pesar de ser huérfano y de familia humilde, consiguió estudiar Marina Mercante en Bermeo y llegó a Capitán. Viajaba por todo el mundo, y siempre que pasaba por delante del Elantxobe, el puerto de Ibarranguelua, hacía sonar repetidamente la sirena de su barco, el Apolo, saludando a su mujer, que le correspondía asomada al balcón agitando una sábana blanca. La vida de marino es dura, pero algunos periodos de tiempo los pasaba en casa, y así pudieron tener varios hijos.
Mi padre soñaba con poder asentarse y vivir en su casa con su familia, y pidió a su Empresa, una Naviera, ocupar un puesto de trabajo en tierra que había quedado vacante, y para el cual reunía el perfil más adecuado. Pero su Jefe le dio la plaza a un enchufado. Y para colmo, la crisis de 1929 afectó profundamente al comercio mundial, y las condiciones laborales en su naviera empeoraron. Mi padre se cabreó, y presentó su dimisión.
Recuerdo que mi padre era capitán mercante pero no sabía nadar. Él siempre decía que si el barco se hundía, él se hundiría con él.
Otro problema que tenía era que no sabía hablar inglés y cuando lo intentaba decía: ” MI GO NEW YORK, BUT SEE NO LAND “ ( FUI A NEW YORK PERO NO BAJE A TIERRA ). Durante los 40 años que estuvo en Filipinas nunca aprendió a hablar el dialecto de allí, el bicolano, pero consiguió que todos los que trabajaban con él acabaran hablando un poco de “castellano-español”.
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| En barco de vapor a Filipinas. |
Providencialmente, en esos días recibió una larga carta de su primo Marcos, que llevaba tiempo emigrado en Filipinas y acababa de convertirse en su cuñado, al casarse por poderes con la hermana de mi padre, María Larrauri. En la carta le planteaba las grandes posibilidades de hacer negocios allí, en Filipinas, alentándole a emigrar y a asociarse con él. Mis padres lo pensaron lo necesario y decidieron irse con su hija Mercedes, la pequeña; pero pensaron que era mejor dejar a sus otros tres hijos en Ibarranguelua, al cuidado de varios familiares. La despedida sin duda fue muy dura, pero les prometieron que en unos pocos años, cuando reunieran una pequeña fortuna para montar un negocio propio, regresarían. Era el sueño de todo emigrante. Pero no se podían imaginar entonces que dos guerras les iban a impedir volver a reunirse con sus hijos y con el resto de su familia durante más de dos décadas.
Y así, en 1929 mis padres embarcaron hacia el lejano oriente, al sur del llamado país del sol naciente, Japón, del que dentro de poco hablaremos en esta historia. Y llegaron a Manila, capital de Filipinas.
Mis padres con mi hermana de un año de edad se establecieron en Tigaon, un pequeño pueblo agrícola de la región llamada Bícol o Bicolandia, al sur de Luzón, la isla principal del archipiélago. El viaje por tierra desde Manila hasta Tigaon duraba casi 24 horas, dado el mal estado de las carreteras y caminos, y que había que vadear o cruzar en barcaza varios ríos.
Y allí nací yo en el verano de 1931. Y dado que Tigaon era un pequeño pueblo donde nunca había vivido ningún extranjero, salvo un chino, puedo presumir de haber sido el primer español nacido en Tigaon de todos los tiempos.
Un año después nació mi hermano Antón, y dos más tarde la pequeña, Martinita. Habíamos nacido en Filipinas, pero realmente no sabíamos bien si éramos españoles, filipinos o americanos...
Mi padre se dedicaba a trabajar los cocos en grandes hornos para obtener copra, su pulpa seca, sustancia usada en múltiples aplicaciones (fabricación de cosméticos, alimentos, etc), que almacenaba y transportaba a un puerto del norte, llamado Nato, donde empresarios americanos o chinos lo distribuían. Aquí recuerdo , que el vendedor chino cuando veía el barco llegar se acercaba a nuestra casa en pijama mientras nosotros estábamos comiendo y le decía a mi padre:” Don Lázaro: kaga ya kaga ya “ que quería decir: “carga ya, carga ya “. Y nosotros nos reíamos.
Mi padre también inició el comercio del abacá, fibras vegetales obtenidas de árboles plataneros, usadas para fabricar cuerdas y tejidos especiales, y que en España era conocido como el cáñamo de Manila. Ambos productos se exportaban al extranjero y era un buen negocio.
La zona en la que transcurrió mi infancia era un pequeño paraíso tropical. Cuando uno abandonaba las playas y se metía en la selva había que tener mucho cuidado con los monos y con las culebras. A pesar de eso la mayor parte del tiempo íbamos descalzos. Subíamos a los altos cocoteros con gran facilidad, y desde la altura podíamos ver varios volcanes, pues el archipiélago filipino tiene su origen en una cadena volcánica que surgió en sucesivos periodos de erupciones, elevando la tierra en una franja paralela a la fosa submarina más profunda del pacífico. En aquella zona llamada Bicolandia hay dos volcanes impresionantes: el gran Isarog, un volcán extinguido, y otro volcán en activo que muchos consideran el más majestuoso del mundo, el volcán Mayón, con su cono perfecto, que cada 10 años más o menos entra en erupción vomitando lava, cenizas, fuego y humo, obligando a los residentes cercanos a escapar una temporada. A veces íbamos de excursión junto a un campanario que asoma del suelo, perteneciente a una iglesia que quedó cubierta por la lava hace muchos años mientras todos los vecinos estaban dentro rezando: dicen que cuando el volcán despierta, se oyen abajo los cantos de sus espíritus… Esa excursión terminaba con baño en las termas naturales del Mayón, con pozas y ríos de agua caliente, a diferentes temperaturas. Como un jacuzzi natural.
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| El Volcán Mayón desde el puerto de Legazpi. |
La guerra civil en España, que comenzó en el año 1936, complicó la situación y dificultó las comunicaciones. Los vascos y españoles de la región escuchaban Radio Exterior de España en sus antiguas radios de galena; muchas veces se despertaban a las 5 de la madrugada para oírla, pues era cuando mejor se cogía la sintonía, siempre llena de interferencias. Así se enteraron por ejemplo, del bombardeo de Guernica, que causó casi su destrucción, realizado por los aviones alemanes que enfilaban su objetivo desde el norte, pasando justo por encima del pueblo de mis padres, Ibarranguelua. Uno de mis hermanos mayores, Ignacio, nos contaba años más tarde cómo estuvo ese día escondido en el monte Ogoño, viendo pasar los aviones, escuchando el ruido de las bombas, y contemplando las columnas de humo que surgían de Guernica en llamas. Yo creo que mis padres no nos hablaron de la guerra que se libraba en nuestro país ni de la angustia que sentían por sus tres hijos que seguían en Vizcaya; y si lo hicieron no me acuerdo de ello, quizá porque las sorpresas y las emociones que tuvimos que pasar más adelante borraron aquellos primeros recuerdos.
Para colmo, meses después del fin de la contienda española estalló en Europa central, en 1939, la Segunda Guerra Mundial. Hasta que se restaurase la paz, mi padre no podía ni plantearse la reunificación de la familia.
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1939. El primero por la derecha, abajo. Como puede verse, iba descalzo. |
Dos años después esa contienda llegó al pacífico: el 7 de diciembre de 1941 Japón declaraba la guerra a Estados Unidos atacando el puerto de Hawai, Pearl Harbor. Y al día siguiente los japoneses invadían Filipinas. La resistencia filipina se replegó hacia las bases que los americanos tenían en Bataán y en Corregidor, donde se libró una dura batalla. El dominio nipón era muy claro, y el general americano Douglas MacArthur abandonó a escondidas Filipinas, aunque prometiendo que volvería ( su frase histórica fue: I SHALL RETURN, VOLVERÉ). Las fuerzas locales se rindieron, y el traslado de los filipinos y americanos hasta el campo de concentración al que les llevaron los japoneses se convirtió en una masacre, pues el hambre, el agotamiento y las enfermedades tropicales acabaron con más de 15.000 prisioneros. Fue la que se conoce tristemente como la marcha de la muerte (The Death March). Los historiadores consideran esta batalla, por el número de bajas, la mayor derrota de las fuerzas de EEUU de la historia. El presidente del gobierno filipino, Quezón, llamó sinvergüenza a Roosevelt, el Presidente Americano, acusándole de abandonar la defensa de Filipinas por enviar a sus aviones a defender Europa. El verano de 1942 todo el archipiélago estaba bajo control japonés.
Los primeros meses después de la invasión, los japoneses se esforzaron por tratar bien a los habitantes de Filipinas. Y especialmente a los españoles, quizá porque asociaban a España con Franco, y a éste con Hítler, que más o menos era su aliado en la guerra. Se estableció en Manila un Gobierno de colaboracionistas, controlado por Japón, y Filipinas pasó a ser un País o Colonia que formaba parte del Imperio Nipón. Arengaban a los Filipinos a hacer causa común con ellos, en contra de los americanos, repitiendo una y otra vez el mismo eslogan: "Asia para los asiáticos". Sin embargo la situación distaba mucho de ser normal, y muchos filipinos se refugiaron en la selva, organizando las guerrillas de la resistencia.
El negocio del coco y la factoría de copra se vinieron abajo, debido a los problemas de transporte ocasionados por la situación bélica, y mis padres decidieron trasladarse a la cercana Naga, la capital de la región de Bícol. En Naga se había establecido un buen contingente del Ejercito Imperial Japonés, instalado su Cuartel general en el edificio del Ateneo, centro de estudios superiores que acababan de construir los Jesuitas (que hoy en día es una Universidad). Naga fue una de las 5 principales ciudades fundadas por los españoles en los primeros siglos de la colonización, y lo había sido con el nombre de Nueva Cáceres (hasta que en 1919 pasó a llamarse Naga): cuando yo paseaba por Naga podría haber pensado que estaba en cualquier ciudad española, pues el estilo de sus calles y sus edificios eran muy similares; pero los rasgos faciales asiáticos de los nagueños, y las indumentarias tropicales no llevaban a pensar que estábamos en España: pero como yo no había estado nunca en ninguna ciudad española, pues no se me ocurrió nunca pensar eso.
La Catedral de Naga, fundada en 1595, fue reconstruida en el siglo XVII tras su destrucción en un incendio, y tiene categoría de Arzobispado. La población filipina heredó de los españoles, y mantiene todavía, una profunda religiosidad, y eso se nota especialmente en las fiestas de la Patrona de Bicolandia, la Virgen de la Peña de Francia, tradición originaria de la Salamanca peninsular, y que es el centro de devoción mariano más famoso de toda Filipinas. Durante las fiestas de septiembre, se traslada la Virgen desde su Santuario hasta la Catedral, en una solemne procesión, y después se hace una procesión itinerante durante varios días, recorriendo las 4 provincias, que son: Camarines Norte, Camarines Sur (que es la mejor, porque es donde nací yo), Albay y Sorsogón. La procesión parece más una excursión o una romería, y es muy peculiar porque transcurre por ríos de la zona, usando barcazas que van engalanadas con flores y guirnaldas: es un espectáculo impresionante que reúne a grandes multitudes, y se montan gradas en las orillas para el público; al llegar a las iglesias locales se forman mareas humanas de fieles que quieren estar lo más cerca posible y tocar a su venerada Patrona, Our Lady of Peñafrancia (algo parecido a lo que ocurre en la Romería del Rocío, en Huelva). Si alguno piensa ir de turismo a Filipinas, le aconsejo que vaya a ver estas procesiones fluviales.
En pleno centro de Naga mis padres abrieron la “Cafetería Larrauri”, a la que nos dedicamos como negocio familiar durante toda la guerra. Mi padre atendía y llevaba la administración, mi madre y mi hermana mayor estaban en la cocina, y los tres pequeños, después de las clases y en el tiempo libre, servíamos a los clientes. En nuestras mesas se sentaban, sin distinciones, los oficiales japoneses y filipinos colaboracionistas. Mi hermana pequeña, con sólo 7 años, era la que más propinas ganaba, porque era muy simpática.
Yo también trabajaba los fines de semana por mi cuenta, ya que no me daban ninguna paga, para ganarme algún dinero, así que fui limpiabotas y también alquilaba tebeos, vendía cigarrillos... me dediqué a muchas cosas.
Tras el verano del 42, el nuevo curso comenzó con varias asignaturas en japonés, idioma que se declaró oficial y que más o menos conseguí aprender porque era obligatorio. Recuerdo una fiesta, no sé cual, en la que los niños del colegio representamos una obra de teatro en japonés, delante de las autoridades militares niponas y del resto de autoridades religiosas y civiles (muchos filipinos colaboraban con los ocupantes, muchas veces obligados). A mí me tocó representar la fábula que cuenta la carrera entre una liebre y una tortuga, y yo hacía de tortuga, con un gran tamiz o filtro de arroz atado a la espalda, a modo de caparazón. Me aplaudieron mucho por lo bien que lo hice y por ganar a la liebre. Recuerdo el nombre por el que me llamaban: Pedoro-san, mi nombre en japonés; pero mi hermano pequeño para hacerme rabiar me llamaba "pedorro-san".
Recuerdo también cómo dos médicos militares japoneses se hicieron amigos de nuestra familia, no se por qué, y venían algunas tardes a nuestra casa a tomar el te, manteniendo, con mucha ceremonia, conversaciones distendidas sobre muy diversos temas, hablando en inglés. Me acuerdo de sus nombres de memoria: el capitán Otane y el Teniente Kachura. Cuando se iban, mis padres comentaban que les daba un poco de pena lo mucho que se aburrían aquellos médicos, sin mucho que hacer y lejos de sus familias y de su país. También me viene a la cabeza el Capitán japonés que mandaba las fuerzas de ocupación, que era católico, y que asistía asiduamente a Misa y rezaba con frecuencia en la Catedral. También parecía una buena persona. Los niños nos fuimos acostumbrando a aquel sistema de vida, y nos acabó pareciendo de lo más normal.
Pero en octubre de 1944 el ejército norteamericano hizo su aparición, iniciando la reconquista de Filipinas. Y al estar Bicol en el sur de la isla de Luzón, Naga se convirtió en uno de sus principales objetivos. Los bombardeos se hicieron cada vez más frecuentes, atacando los sitios donde se alojaban los japoneses, pero causando siempre daños colaterales. Cada vez que sonaba la alarma de ataque aéreo nos metíamos todos en una especie de piscina, un aljibe en el que cabíamos apretados unas 20 personas, que estaba tapado con una gran plancha metálica: al retumbar las bombas temblaba la tierra y la tapa subía y bajaba, dando un fuerte golpe. Recuerdo que cuando estábamos ahí dentro escondidos un señor mayor se puso a contar chistes para tranquilizarnos y yo le dije: “Don Eduardo, por favor, no es momento de contar chistes” y entonces todos se rieron.
Los bombardeos causaron bastantes destrozos e incendios. La Iglesia de San Francisco y el casino Español quedaron totalmente destruidos. Yendo por la calle podíamos ver de vez en cuando muertos. En esa época, los Padres Paúles, que se encargaban del Seminario de Nueva Cáceres, un edificio español de 1797 anexo a la Catedral de Naga, nos ofrecieron a varias familias trasladarnos a vivir a las habitaciones del seminario, que estaba vacío y que era un edificio visible y respetado, y era bastante más seguro que donde estábamos. Y allí nos fuimos toda la familia a vivir. Y durante los ataques aéreos nos refugiábamos en la Catedral, y rezábamos: con frecuencia iba allí también el Capitán japonés católico, que rezaba con nosotros.
Un día, tras un bombardeo, volvimos a la habitación del seminario, donde dormíamos mi hermano y yo, y vimos una bomba que había hecho un agujero en el techo y se había quedado medio enterrada en el suelo, sin explotar: nos quedamos contemplándola, pensando que nadie podía asegurarnos que no fuera a explotar en cualquier momento. Al final mi padre decidió que nos quedáramos y durmiéramos allí, como si nada. Unos días después el artefacto se retiró de la habitación.
Yo era el chico mayor de la familia, y a pesar de mis 11 años me daban bastante responsabilidad: por ejemplo, era el encargado de ir todos los días a buscar la leche para la cafetería. Iba con un gran cántaro vacío hasta la finca de mis tíos, en las afueras de Naga, donde tenían vacas. Mi primo Antón, el Capi, era el encargado de cuidarlas. Allí me cargaban encima de la cabeza el cántaro lleno de leche, y tenía que volver hasta el centro de Naga sin poder parar a descansar, pues si me bajaba el cántaro ya no podía volvérmelo a subir, y era casi imposible llevarlo de otra manera que no fuera en la cabeza. De vez en cuando me pillaba un bombardeo de los aviones USAF en el trayecto de vuelta: yo me plantaba detrás de un árbol o junto a una pared hasta que terminaba el ataque. A veces corría tanto para buscar refugio cuando empezaba un ataque que siempre he pensado que si aquella guerra hubiera durado mucho tiempo habría llegado a ser récord del mundo de velocidad con cántaro de leche en la cabeza. Años más tarde me enteré, que mis tíos le echaban a esa leche mucha agua... Me enfadé y les dije que me lo podían haber dicho... porque así ya le hubiera echado yo el agua al llegar a la cafetería, para cargar con menos peso...
Los guerrilleros filipinos empezaron también a hostigar a los soldados japoneses. Y la situación de los civiles, que hasta ese momento había sido más o menos tranquila, se puso muy negra. Cuando los japoneses cogían a algún guerrillero, o a los que les ayudaban, los llevaban a la Comisaría de su Cuartel general, en el edificio de la gobernación de Naga, y nunca salían vivos de allí. Y no se podía ir a interceder o a preguntar por los detenidos porque te pegaban una paliza o te detenían a ti.
Todos estábamos obligados a saludar, poniéndonos firmes y haciendo una pequeña reverencia a los soldados japoneses que estaban de guardia. Si ibas en bicicleta o en una calesa tirada por caballos, que era el medio de transporte más habitual, tenías que parar, bajar y hacer la reverencia antes de seguir. En una ocasión, mi padre y mi tío Marcos pasaron por delante de unos guardias japoneses: iban discutiendo entre ellos y no se dieron cuenta, y no saludaron; pero además iban hablando en euskera, y los soldados se extrañaron y pensaron que estaban haciendo burla del idioma japonés, y amenazándoles con las bayonetas se los llevaron a la Comisaría. Un amigo que vio cómo los metían allí temió que no salieran nunca vivos, y fue a avisarnos corriendo. El susto fue monumental, y nos pusimos todos a llorar. Pero al rato los detenidos volvieron a casa, riéndose y contando el malentendido, que se resolvió al explicar lo que era el idioma vasco y gracias a la ayuda de uno de los médicos japoneses que solía venir a casa, que providencialmente estaba por allí y pudo explicarlo.

El ejército norteamericano dominaba por mar y por aire, atacando a la vez en varios frentes. Los japoneses cada vez tenían menos medios para hacerles frente. Los Americanos desembarcaron unos 50 Km al sur de Naga, y montaron allí una base, acumulando carros de combate. Se acercaba la liberación, y los japoneses estaban cada vez más nerviosos: se notaba que discutían si replegarse hacia el Norte, a Manila, o resistir allí hasta el final. Empezaron a matar a muchos guerrilleros y a atacar y quemar muchas plantaciones y aldeas donde sabían que recibían apoyo los rebeldes filipinos. También descubrieron uno de los campamentos principales de los guerrilleros, que lo habían instalado dentro del cráter del volcán apagado Izarog, y mataron allí a muchos de ellos. Un día nos enteramos de que el Capitán japonés católico, del que ya he hablado, fue asesinado por sus mismos subordinados, probablemente porque dio órdenes de terminar con aquellas matanzas sin sentido. Pocos días después los japoneses desparecieron, y al día siguiente recibimos el desfile de la victoria: nos anunciaron que entraría un Regimiento de Caballería americano, y los niños nos entusiasmamos y nos preparamos, esperando ver cientos de caballos… pero nos sentimos decepcionados al comprobar que no entraba más que algún burro, y muchos jeeps y carros de combate ligeros. Nada más.
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Un Tanque americano entra en el Fuerte de Santiago de Manila, aun con el escudo de España (1945).
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Parecía que ya habían acabado todos los males, pero con los yankees entraron en la Ciudad los guerrilleros, cometiendo algunos abusos y matando a algunos colaboracionistas, acusados de haber apoyado a los japoneses y de haberles revelado datos sobre asentamientos, y sobre movimientos de la guerrilla, de la resistencia o de los americanos.
Mi primo mayor, José María, que tendría unos 18 años y era el mayor de los once hijos de mi tío Marcos, era bastante bocazas, y se había manifestado con frecuencia a favor de los japoneses y de los alemanes, a los que consideraba razas superiores. Alguien le denunció, y los guerrilleros fueron a su casa a buscarle para acabar con su vida. Mis tíos lo tenían escondido y no dijeron dónde: el jefe del grupo filipino le amenazó con la bayoneta y le dijo que o cantaba o le mataba, y realmente estaba dispuesto a ello. Entonces mi tía María, la hermana de mi padre, se puso entre la bayoneta y su marido, y encarándose con el jefe guerrillero, al que conocía porque había sido alumno del Ateneo de Naga, le dijo: Si le vas a matar a él, primero tienes que matarme a mi! Como la Tía María tenía fama de ser buena persona, y todos sabían que había ayudado a familiares de los guerrilleros, éstos se marcharon y les dejaron vivos.
La liberación de Filipinas terminó en marzo de 1945. La Manila a la que volvió MacArthur estaba arrasada, porque los japoneses se atrincheraron en el barrio viejo y se negaron a rendirse (para ellos era mucho mejor morir o hacerse el hara-kiri que rendirse), defendiendo casa por casa hasta ser aniquilados a base de bombazos y de incendios provocados. 20 o 30 años después de la guerra todavía existían japoneses escondidos por las selvas, que no sabían que la guerra había acabado ya.
Al finalizar la guerra nos trasladamos otra vez a Tigaon, 40 Km al sur de Naga, y mi padre empezó a dirigir otra vez sus plantaciones, hornos de coco y almacenes de copra y abacá. Para reconstruir el negocio toda la familia trabajamos duro: recuerdo que mi padre tenía 3 camiones Chevrolet para hacer los transportes, y los conductores me dejaban conducirlos cuando yo sólo contaba con 14 o 15 años. Mi madre hacía la vista gorda, pero mi padre era más estricto y se enfadaba si se enteraba que mi hermano o yo lo habíamos hecho. Recuerdo que una vez me quedé sin frenos, y el camión se dirigía sin remedio hacia una casa: tuve que meter una marcha reducida a la fuerza para poder pararlo y evitar un grave accidente, y lo conseguí, aunque me cargué el motor. Si la policía nos veía conduciendo ¿qué nos podía pasar?: pues nada, no había problemas, nos dejaban hacerlo, porque eran amigos de mi padre. Mi padre ayudó a mucha gente y promocionó Tigaon, que en aquella época era un pueblo de 3.000 almas, pero que hoy en día es una pujante ciudad de 50.000 habitantes.
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Mi padre fue un pionero de la industria del abacá en filipinas. |
En la página web de Tigaon, al hablar de la historia de la localidad, hacen una mención elogiosa a Don Lázaro Larrauri, mi padre, que fue pionero en fomentar los cultivos de abacá en vez de los de arroz, favoreciendo el desarrollo industrial y la riqueza de la zona. La situación del negocio mejoró cuando poco tiempo después de nuestro regreso se acondicionó como puerto un sitio cercano de la costa, llamado Nato, a 6 Km de nuestra factoría-almacén: los barcos quedaban fondeados y se transportaban las mercancías en grandes barcazas. Ese puerto fue creado por un comerciante chino, don Pascual Leelín, que llevaba el ábaca desde Tigaon hasta Shangay. Mi padre pasó de ser asociado y consignatario de Smith&Bell, a exportar también directamente la copra y el abacá.
En 1947 cuando cumplí 16 años mi padre decidió que era mejor para mi que me dedicara a estudiar, y me mandó interno al Ateneo de Naga a hacer el High School. He de decir que los filipinos son muy acogedores y no había distinciones entre los nativos y los españoles, aunque también es cierto que mi madre era filipina y nos transmitió unos rasgos faciales bastante orientales; en Naga me alojaba, cuando estaba libre del internado, en casa de una familia amiga de origen Libanés, que también tenían hijos estudiando conmigo.
Con tantas emociones casi nos habíamos olvidado de que teníamos 3 hermanos mayores en Vizcaya, a los que ni siquiera conocíamos. La situación en España después de la guerra civil era muy complicada, con hambre, pobreza, y mucha represión política. Si mi padre volvía a España, lo más seguro era que fuera acusado de ser un nacionalista o un republicano exiliado, y que tuviera muchos problemas con el régimen, porque él era antifranquista. Aunque mi padre nunca intervino en política y siempre fue prudente.
Yo tenía 20 años cuando conocí a mis tres hermanos mayores en Tigaon . Era el año 1951 cuando por fin pudieron hacer el viaje desde España hasta Filipinas. Mis padres volvieron a besar a sus hijos tras 22 años de separación. De ese año es la foto que tengo en mi despacho: parecemos una familia normal, los 2 padres y los 7 hermanos; pero para mí 3 de ellos eran unos desconocidos. Es curioso que dos de los nacidos en España se casaron con filipinos (Ignacio con Finina y Edurne con Manolín), y la tercera española terminó sus días en Australia. Y yo, que nací en Filipinas, me fui a España y me casé con una madrileña.
Seguí mis estudios en el Ateneo, reconstruido tras la guerra; y tras hacer Comercio y Contabilidad Mercantil en 3 años (el curso eran 4 años, pero aproveché los veranos para adelantar: eso os demuestra lo listo que era), rechacé estudiar Ingeniería en la Universidad de Santo Tomás en Manila, donde ya había sido aceptado e incluso admitido en el equipo universitario de basket-ball, que ese año ganó el campeonato universitario de baloncesto, porque preferí empezar a ganar dinero en un trabajo en la empresa de bebidas Seven-Up.
Pero la idea de volver a España, donde la situación iba mejorando, era cada vez más atrayente, y poco después me embarqué de regreso a mi país junto con mi hermano Antón. El viaje fue largo, pero lleno de ilusión por volver a mi patria, a la que quería aún sin haber estado nunca en ella. Esos años muchos españoles que vivían en Filipinas habían empezado a regresar a España, y el gobierno español fletó y puso a su disposición para que volvieran dos barcos, de nombre PLUS ULTRA Y JALEA KALA. El recuerdo más duro de aquella travesía del año 1954 fue una epidemia de sarampión que hubo en el barco JALEA KALA y una prima nuestra falleció con unos 20 pasajeros más, y sus cadáveres fueron arrojados al Mar Rojo.
En Madrid no tenía familia, y me alojé en varias casas de amigos y familias conocidas, todos relacionados con la gran colonia de emigrantes españoles en Filipinas, familias que estaban muy unidas entre ellas, y con las que tuve mucho trato durante mis años en Filipinas. En concreto, estuve viviendo en casa de un conocido periodista, Andrés Aberasturi, que entonces tenía 7 años. Gracias a mi dominio del inglés, que era el idioma predominante en los estudios superiores en Filipinas, y gracias a mi doble nacionalidad española y filipina, pude encontrar trabajo sin problemas como administrativo y contable en la Base Americana de Torrejón, junto al aeropuerto de Barajas, base militar que Franco había concedido a los americanos a cambio de ayuda y reconocimiento internacional. Tuve la suerte de que los filipinos, después de la guerra mundial, estuvieron otra vez sometidos durante unos años a la influencia política y económica de los americanos, y por tener también la nacionalidad filipina los americanos me consideraban prácticamente de su país.
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Elanchove, puerto de Ibarranguelua, donde conocí a Mary Carmen |
Poco después de llegar a España el año 54 empecé a salir con Mari Carmen, a la que conocí en Ibarranguelua (pues fue allí a veranear con unos tíos suyos el año 55). Me casé con ella el año 57. Su madre (mi suegra) le decía a su hija: “Ese Pedro Mari es un punto Filipino: parece Chino, y habla muy mal el español".
Años después, me hice español tras haber sido filipino, americano y japonés. Y cuando ya tenía varios hijos y por motivos del trabajo solicité el pasaporte español, vino a buscarme a casa la Policía Militar de Franco, porque habían comprobado en sus archivos que yo no había hecho la mili en España, y me habían declarado prófugo.
Una vez aclarado el asunto -puesto que yo había hecho la mili universitaria en Filipinas, y me convalidaron- me dieron el pasaporte y en un documento me pusieron: “EXENTO PERO UTIL”.
Termino dando las gracias a Eduardo Galván por haberme ofrecido la ocasión de recordar los buenos y malos momentos pasados en Filipinas. Y gracias a mi familia por animarme y ayudarme a escribir esta memorias.
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| ¡Hola, soy yo en 1932! |
Es una suerte, y el fruto de una cadena de miles de casualidades o acontecimientos providenciales, el que yo pueda estar hoy aquí contando estas cosas. Por ejemplo, si aquella bomba caída en el seminario hubiera explotado aquella noche, yo no estaría disfrutando ahora de este acto tan especial, no hubiera conocido al amor de mi vida, mi mujer, ni hubieran nacido los 7 hijos tan majos y un poco filipinos que hemos tenido. Así que no puedo menos que dar las gracias a mis padres y a todos los que me han acompañado y ayudado en cada momento a lo largo de mi vida.
Y por supuesto y especialmente a Dios, por mi vida y por la de todos, un regalo en el que se pueden pasar momentos malos, pero que en mi caso han ido asociados a muchos más momentos maravillosos, por los que vale la pena haber vivido.
Os doy las gracias por haber atendido durante mi intervención.
Un cordial saludo de Pedoro-San. AREGATO GOSAI MAS.